Tamaño letra:

101 años, más de un siglo de historia. Por ella han pasado dos guerras mundiales, la Gran Depresión del 29, la Guerra Civil española y todo un convulso siglo XX que, en las zonas rurales, y en aquella España, se notaban mucho más las dificultades por las que tenían que pasar sus habitantes para sobrevivir.


Y eso es lo que ha hecho Benita Santos Tello, la segunda abuela de La Villa de Don Fadrique, a lo largo de este, poco más, siglo de vida. Ayer fue su cumpleaños, y el Ayuntamiento de la localidad con el alcalde Juan Agustín González Checa y la concejala de Igualdad y Cultura, Consuelo Martín-Grande, quiso felicitarle regalándole una tarta y un ramo de flores. “Que no tengamos que volver a lo de antes”, manifestaba una pletórica mujer por la que, tras conversar con ella, pareciera que se hubiera detenido su reloj biológico, hace, al menos, 30 años.


“Ahora se vive muy bien, comentaba la centenaria, ojalá hubiera nacido yo ahora. Si es que se lo decía yo siempre a mi madre, que se tenía que haber esperado, siquiera 20 años. Cuando estábamos en la siega, labor esta a la que se refiere Benita Santos Tello como la que menos le ha gustado en toda su vida, los hombres decían, por aquel entonces, cuando lleguen las máquinas, vamos a pasar poca hambre. Luego cuando llegaron les decía yo, ojalá hubieran llegado antes y no hubiéramos tenido que trabajar tanto.”


Con una salud envidiable, un estado mental y físico por el que parece que no han pasado los años, la tía Benita, como la llaman cariñosamente sus convecinos de La Villa de Don Fadrique, recuerda anécdotas y vivencias con un gran tono humorístico, incluso al recordar a su marido, que falleció a los 88 años, dos años mayor que ella, José Mendoza Santos-Tello, se llamaba.


Con él tuvo su hijo de 67 años y sus hijas de 64 y 72 años, aunque la primera de ellas, la de 64, la tuvo antes de la Guerra Civil que asoló España, "cuando no había curas y tuvimos que casarnos por lo civil. Pero yo cristiané a mi hija aunque no se estilaba, y cuando pasó la Guerra nos casamos como Dios manda. En toda mi vida, a lo que nos hemos dedicado, explicaba Benita riéndose, ha sido a trabajos tontos: segar y luego tenerte que echar encima de las pajas, ir a vendimiar y tener que venir por el camino empujándole al carro porque el burro no quería tirar de él, y todo eso.”


Por su memoria, recuerda como lo más anecdótico de cuanto le ha pasado, su boda, en la que, con las siete pesetas que le sobraron, se fueron de luna de miel a La Puebla de Almoradiel con “El Trenecillo”, hoy convertido en Vía Verde, que por aquel entonces valía el billete una peseta. Y como lo mejor, cuando, ya jubilado José Mendoza, se fueron de viajes por España a lugares como Málaga y Ceuta.


En esta última ciudad, le llamó poderosamente la atención que los hombres fueran casi descalzos y las mujeres vírgenes tapadas la cara. “Yo quise saber por qué se tapaban, creía que lo hacían porque eran feas o algo así, y, antes de coger el barco, me senté al lado de dos y me lo explicaron. No lo creía, no hay ley que debiera amparar esto”, lamentaba.


Ahora, entre el bullicio de su larga familia, de la que, sólo queda su descendencia, ya que sus dos hermanos y sus padres no están y los trae a la conversación con nostalgia, dedica su tiempo libre hábilmente a jugar con los que osan retarla, a juegos de cartas tan conocidos como la brisca, el tute, el cinquillo o el despistao.


“Mi marido era muy bueno y si ahora estuviera aquí diría, sabía yo que tú te ibas a quedar aquí”, aunque, a juzgar por el largo tiempo que nos hizo reír ella es muy similar. El merecido homenaje terminó con su truco para vivir: “Trabajar más, que ahora la gente joven trabajáis poco”, enfatizó en tono socarrón para luego, más en serio, decir que el secreto para vivir 100 años consiste en “estar rodeada de gente joven que te quiere, y comer sano”.


Que cumpla muchos más: “No muchos, aseguraba, pero sí con la salud que tengo ahora”, sentenció antes de despedir a sus comensales.

Más imágenes del cumpleaños